Análisis contextual sobre Venezuela

Resumen Crítico del Capítulo 8 “Algunas Verdades Más” de: 

Del Buen Salvaje al Buen Revolucionario 

Primero nos encontramos con Las Repúblicas Aéreas en general habla sobre que ha sido en el último mes del año de 1812 que Simón Bolívar, al intentar de entender el existente colapso del intento de libertad venezolana, usó por primera ocasión el término de “Repúblicas aéreas.” De esta forma llamó el Libertador a las repúblicas construidas sobre la base de lo ideal y no de lo viable, con “filósofos por jefes, filantropía por legislación, dialéctica por estrategia, y sofistas por militares.” En aquel artículo que hoy llamamos el Manifiesto de Cartagena, Bolívar le da un papel importante al fracaso económico dentro de su descripción del desplome de la Primera República: “La disipación de las alquilas públicas en objetos frívolos y dañinos, y obligó a recurrir al malo expediente de implantar el papel moneda, sin otra garantía que las fuerzas y alquilas imaginarias de la confederación. Es por esto que, ya lograda la Libertad, Bolívar pondrá tanto hincapié en el fortalecimiento de las ganancias tributarias y en la moderación del gasto. 

Luego nos hablan sobre el trauma de la guerra de emancipación, el territorio venezolano ha cambiado numerosas veces de mano, las batallas independentistas contaron en los primeros años del problema con un limitado apoyo famoso producto del rencor de las clases bajas al predominio de los mantuanos. En los trece años que duró solo hubo unos 5 meses de tranquilidad generalizada en el territorio, producto del Tratado de Armisticio y Regularización de la Guerra de 1820. 

Tenemos también el mercantilismo español, el monopolio, el privilegio, la restricción a la independiente actividad económica de los particulares, o cualquier otra, son tradiciones profundamente arraigadas en las comunidades de procedencia hispánico. Buenos Aires no tuvo derecho a ningún negocio marítimo hasta 1776, una vez que se le hizo Virreinato. Una vez que tan inverosímil obligación ha sido derogada, el costo en Buenos Aires de los artículos importados bajó de un golpe a un tercio de lo cual era previamente, y las producciones de cueros y lana de la provincia por primera ocasión se hicieron asequibles al negocio de exportación. Para el ánimo mercantilista español, retrógrado (que miraba hacia la Edad Media como un modelo insuperable, y ni intuía ni aspiraba al naciente capitalismo) la actividad económica de los particulares era algo casi pecaminoso, y en todo caso despreciable y propicio a ser esquilmado a cada vuelta del camino y a cada paso de rio. La alcabala persistente que aún está en las más modernas rutas hispanoamericanas muestra la supervivencia de dicha hostilidad hispánica contra el independiente tránsito de individuos y mercaderías, de una desconfianza principista contra todo cuanto no estaba iniciado o al menos expresamente autorizado y supervisado (lo cual en la práctica desea mencionar estorbado o impedido) por el Estado. El mismo mánager consular inglés citado antes con interacción a las secuelas para el Perú de la guerra de libertad, hallaba que en 1826 el régimen republicano de aquel antiguo Virreinato español contradecía en la práctica sus declaraciones de fe en el libre comercio: "En su quiero de procurarse recursos (este gobierno) concibe que la forma más expedita de obtenerlos es abrumar con impuestos el negocio. Antiguos prejuicios impiden concebir que las ganancias de un Estado logren incrementar segura y progresivamente con el sencilla expediente de dejar que los comerciantes obtengan beneficios bajos, empero en transacciones varias; y habituados (los peruanos) a que las minas (trabajadas por siervos) rindieran una riqueza que se suponía inagotable, no se proporcionan cuenta de que la exclusiva forma de fomentar un incremento en el negocio, la industria, el capital y la población (y por consiguiente en las fuentes de las finanzas públicas) es poner en funcionamiento un sistema económico liberal.. En vez de esto vemos que el negocio en el Perú está en un estado deplorable, por culpa de un régimen que no imagina otra forma de incrementar sus ingresos que obligar altas tasas sobre artículos de negocio, los cuales por consiguiente son de costo exorbitante. Aún hoy perduran en América Latina y lastran su desarrollo económico reacciones y situaciones que obstruyen la actividad económica privada conducida de buena fe, y a la vez estimulan y condecoran a los negociantes inescrupulosos, a los traficantes de influencias, a los sobornadores de burócratas públicos y defraudadores del erario. Y ante esto la actitud espontánea del gobernante heredero de la tradición mercantilista hispánica va a ser incrementar los controles, las limitaciones, las fiscalizaciones, sin advertir que no hay ni una razón para que haya menor cantidad de gente sobornable entre los contralores que entre los controlados, de forma que con cada nuevo trámite, con cada nueva restricción crecen las probabilidades de corrupción y reducen las maneras de desempeñarse los habitantes sin recurrir a expedientes extraordinarios, todavía para las gestiones más corrientemente necesarias, y con mucha más razón para los asuntos que involucran inversión de dinero y expectativa de beneficio. El desprecio por los mercaderes y por el trabajo es algo tan arraigado en las civilizaciones hispánicas que el mismo Francisco de Miranda, tan lúcido por otro lado sobre los beneficios de la independencia sobre el despotismo, no previene la vinculación en el desarrollo de las instituciones políticas anglosajonas en medio de las garantías a la propiedad privada y la estima por la industria y el negocio por una sección, y los progresos de la independencia por otro lado. 


Estefania Azuaje 

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